El hip-hop es un fenómeno social global, antes que nuevo estilo musical o de danza. Al igual que sus primos mayores -el breakdance, la música tecno y el rap- surgió de la vida callejera en las grandes urbes norteamericanas como expresión de los estratos más desfavorecidos de la población. Exclusión social, racismo, represión y pobreza urbana son sus marcas de origen.
El estereotipo del género es el adolescente con ropa varios talles más grande, gorras de béisbol, actitud y lenguaje carcelarios. Pantalones caídos y ropa interior expuesta, imitando lo que ocurre a los reos esposados al ser trasladados a la prisión, este 'estilo' se identifica nítidamente con 'lo marginal'.
En su prehistoria musical hay jazzistas, músicos pop y funk (a veces reunidos en una misma personalidad). Las últimas creaciones del trompetista Miles Davis, así como las del Prince de los ‘80, llevaban una carga electrónica muy difícil de disociar de lo que ocurriría pronto en el pop.
El hip-hop nace del diálogo que se dan las comunidades negra y latina con sus propios artistas. Hoy reside en una generación cuya fascinación retro no se interesa por la década del sesenta ni del setenta. La liberación sexual, el rock sinfónico, los derechos civiles y la Revolución le son ajenos. La conciencia histórica de estos chicos se piensa a plazos más cortos. Los puentes de aquello con lo nuevo que nutre el hip-hop son Michael Jackson y el sacerdote soul, James Brown. Más allá de estos hitos contemporáneos, el pasado es mitología de chicanos y afroamericanos, a veces al límite del racismo supremacista liso y llano.
El potencial expresivo de este "movimiento" fue bien comprendido por las fuerzas del mercado y hasta instrumentalizado por políticos tan lúcidos como especuladores.
Así pulido, el mensaje filoso de los primeros raperos (cantantes) que exaltaban la vida callejera, la droga y la violencia urbana, adquiere un nuevo sentido en contextos burgueses.
La danza hip-hop recupera conscientemente la calidad de movimiento mecánico depurado del reblanquecido Jackson, y las contorsiones catárticas del chúcaro James Brown.
Llevado al mundo por los vientos imperiales estadounidenses, ya pertenece a pudientes y a carenciados. A veces sigue expresando la insatisfacción de los desheredados, otras la complacencia e incluso un mensaje religioso. Parece una invención machista y hasta misógina, pero tiene también sus sacerdotisas mujeres, más o menos cercanas del ideal de femineidad convencional.
Como ocurriera con el jazz, el rock y el funk, Estados Unidos entregó (entrega) el hip-hop al mundo y cada país se lo apropió de una manera particular.
Implantado en Francia, por ejemplo, fundamentalmente en las comunidades de descendientes africanos y magrebíes, el hip-hop juega un rol clave en la estruendosa fractura social que escinde el país.
En Brasil, el hip-hop se convierte en recurso para sacar a los chicos de la calle, para integrar a los adolescentes de la favela.
A la cultura argentina ingresa a través de su música y se impone como moda con la influencia de los telefilms norteamericanos y, sobre todo, con el auge de los video clips y los canales musicales (MTV, Much Music, Rock & Pop). Internet ancla definitivamente aquellos valores en una comunidad virtual planetaria.
El hip-hop se cultiva en todas las provincias, en las calles, en gimnasios, en concursos, en estudios de danza, en shows.
En un extremo habita el espacio (el 'mercado') generado por algunos productores del fitness, al tiempo que se desarrolla en los estudios de tap y jazz y en el espacio público.
¿Cuál es el punto de encuentro de la marginalidad del primer mundo y la realidad social argentina?
Existe en la actualidad un hip-hop estilizado (el de los estudios de danza, de los espectáculos), otro populoso que comienza a influenciar el universo bailantero (lo que más se aproxima a los estratos sociales-culturales que hicieron nacer al género) y uno social, cultivado en las calles o en eventos particulares.
La razón histórica que explica este cóctel debe ser la mentada globalización, con su libre circulación de capitales, informaciones y la expansión imperial de valores del norte.
No obstante, el hip-hop demuestra una asombrosa capacidad de adaptación. Lo que nació contestatario, flirteando con la ilegalidad, es cultivado hoy incluso por jóvenes veinteañeros en los templos evangelistas. Es, ahí, vehículo de la buena palabra.
Mientras en las iglesias y la televisión se atenúa su toxicidad, su contracara de resentimiento se acerca al potencial antisocial de la cumbia villera, en nuestro país, así como a los narco corridos del norte mexicano.
En su voracidad, el hip-hop se alimenta de todo lo que encuentra. Breakdance, cabaret, ballet, jazz, atletismo, gimnasia artística, rap, funk, reaggae, en una melange de música, glamour, política, rebeldía, moda, religión.
Cultura urbana de esta era, el hip-hop es una potencia en pleno desarrollo en la escena argentina. En el siguiente informe hablan algunos de sus bailarines protagonistas.
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